domingo, 23 de octubre de 2016

MI EXPERIENCIA EN EL ALBERGUE DECANAL GUADALUPANO UBICADO EN TIERRA BLANCA, VERACRUZ.
Empezaré  comentando que tenía muy poco conocimiento acerca de lo que englobaba la migración, estaba enterada de solo lo que se oía en las noticias, pero decidí aplicar como voluntaria porque estudio Derecho y semestres atrás había llevado la materia de Derechos Humanos y aunque esta fue de manera general, me hizo querer involucrarme en temas sociales y sobre todo conocer a fondo lo que era el “movimiento migratorio”.
El 05 de  Julio llegué a Tierra Blanca, ese mismo día di un recorrido al albergue y me enteré de las funciones que se realizaban  ahí, de las diferentes personas que participan y que es lo que le corresponde a cada quien, recuerdo que la madre Eli  me señaló una hoja, esta hoja contenía el número de personas a las que se les daba de comer a lo largo del día, mi primera reacción fue miedo, porque no era consciente de que a tanta gente se alimentaba en el albergue y  que tanta gente dependerían de mi labor ahí.
Mi voluntariado ahí es una experiencia que no cambiaría por nada, no solo por el hecho de que conocí a gente maravillosa sino también por lo que aprendí, por lo que me llevo como persona, por lo que me enseñaron y me nutre en mi carrera.
 En el albergue hay distintas áreas en las que se puede colaborar  como voluntario, en lo particular estuve en pasillo, cocina, registro y a la par estuve dando una plática informativa.  Esta experiencia me enriqueció mucho, por ejemplo el hecho de estar el área de cocina y ver a 100 gentes pidiendo de comer porque no han comido en días, te hace enfrentar el miedo, reaccionar y buscar estrategias que te ayuden y sobre todo algo que no se me va a olvidar  es “hacer las cosas lo mejor que puedas” ¿por qué? Porque tú eres la primera persona que los recibes, porque tú eres la primera mano amiga que se preocupa por ellos después de mucho tiempo, ellos lo que necesitaban y siguen necesitando es gente que le haga sentir apoyo, que sientan que les importan y mi forma de hacerlo al estar en el área de cocina, fue  hacer la comida o lo que me tocaba “lo mejor” y con la mayor alegría que pudiera. Esto fue algo que me llevo conmigo, para mi vida, el ser y trasmitir a las demás personas alegría, apoyo, etcétera aunque sea con lo más mínimo.
En el área de pasillo y en el área de registro aprendí sobre la realidad; aprendí sobre la interacción con las demás personas, ya que uno a veces  está tan afligido en ciertas cuestiones, está tan inmerso en sí mismo, se puede decir que vive en una burbuja pero, al estar ahí con los migrantes, al hablarte de su vida, de su país, de por qué realizan este viaje,  uno se da cuenta de que todas esas cosas vanales que le preocupan a uno son absurdas, que en el mundo realmente suceden cosas desafortunadas e injustas en las que uno debería estar prestando su atención y  educándose para cambiar esa situación. Al estar ahí uno aprende a escuchar y sobre todo a pensar en los demás y no solo en sí.
Por otro lado una de las secciones que me sigue nutriendo mucho en mi carrera fue el dar la plática informativa, en primer lugar porque a pesar de estudiar derecho, soy una personas con miedo escénico y el hecho de pararme frente a los migrantes y hablarles era algo que me causaba mucho miedo, por otro lado,  pensaba en como una chica de 21 años que no tenía ni idea, les iba a hablar de algo que ellos conocían mejor que nadie, pero la verdad es que gracias a la motivación de las madres realice mi primera platica y no solo informativa si no también una de concientización, y con esto me percaté  de que ellos si bien sabían lo que era ser migrantes, no sabían lo que esto implicaba, es decir sus derechos e información adicional que los ayudaría, y si, aunque al principio no lo sabía, el voluntariado por sí solo, las pláticas con las madre y con los demás voluntarios y  los libros que me prestaban, me ayudaron a hacerles saber a ellos información que les ayudaría.

El voluntariado fue una experiencia única que hizo más por mí de lo que yo por él, me enseño de la vida, de la gente, de mí. Si bien es cierto  tu familia te enseña valores en el transcurso de toda tu vida, uno al crecer y como persona joven es decisión de uno  actuar conforme a esto o no, pero  puede suceder que  se te olviden, que no los practiques y este voluntariado me  recordó el actuar conforme a valores y lo que es el disfrutar hacerlo, me enseño del respeto, la gratitud, la amistad, la laboriosidad, la paz, la generosidad entre muchos otros , me mostró una Yanin que existía, pero que no había tenido oportunidad de dejarla salir.


Atte.

Yanin Y. T. García

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Miercoles 07 de Septiembre de 2016
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"Tenemos que ser ojos vigilantes": Obispo
*Perseverancia y solidaridad internacional.
Ana María Vela
Reportera de Crónica TB.
Con lleno en su totalidad en las gradas y los asientos dispuestos para los creyentes en la escuela Artículo 123, el señor obispo Luis Felipe Gallardo Martín del Campo ofició la misa por el migrante, al frente los Cónsules de Honduras y El Salvador, las autoridades municipales y eclesiásticas; en el marco de la canonización de la madre Teresa de Calcuta y la celebración del día del Migrante este 4 de septiembre el pueblo de Tierra Blanca ¡Oró por la paz!.
"Rendición a Dios para entonces ser libre; rendirse a Dios si él quiere que estés en la calle acéptalo, si él quiere que estés en un palacio, acéptalo pero que tú no lo busques, acéptalo, si estás enfermo acéptalo, si hoy tienes comida acéptalo, si mañana no tienes comida acéptalo, acepta lo que Dios te quita con una sonrisa, ¡acéptalo sólo así serás libre! Acepta tu trabajo, acepta tu misión, uno debe continuar en su posición y yo debo seguir en la posición que Dios me puso, no es una fácil cosa ser santa, la santidad la podemos aceptar todos, usted, yo cualquiera que se entregue al Señor, yo siento que Dios me pide hacer esto y a Dios nunca le he dicho que no", decía la madre ahora Santa Teresa de Calcuta. Que este domingo subió a los altares por su labor de amor a los pobres.
En la esencia de un día especial para el catolicismo, la ciudad de Tierra Blanca fue sede de la santa misa al aire libre en una tarde fresca verano, en la cual el Señor obispo dio lectura a la carta de su santidad el papa Francisco donde conmina a cultivar la cultura del encuentro donde se está dispuesto no solo a dar sino también a recibir. En resumen la carta dice: "En esa perspectiva es recomendable mirar a los migrantes no solo en su regularidad o irregularidad si no, sobre todo como personas que pueden colaborar para el desarrollo del país que los acoge respetando sus leyes...la iglesia apoya a todos los que defienden los derechos humanos, los derechos a vivir con dignidad, sobre todo ejerciendo el derecho a no tener que migrar para contribuir al desarrollo del propio país; considerando el fenómeno de origen para controlar la salida de gente que huye de sus países, haciendo un llamado de solidaridad internacional siendo indispensable que la opinión pública sea informada correctamente incluso para evitar temores infundados respecto a los migrantes, que escapan de crímenes aberrantes que interpelan a la iglesia, porque huyen de la nueva esclavitud laboral, de la trata, del reclutamiento de menores para las milicias de la delincuencia".
Al entrevistar al Señor obispo para La Crónica de TB Dijo:
AMV_ Señor obispo lo tenemos en Tierra Blanca un punto crítico, un punto que a nivel mundial nos ha avergonzado por el tema de la violencia y de la inseguridad especialmente con los migrantes; ¿Qué mensaje nos deja usted a esta sociedad a la cual incluso le llega a temblar la mano y la voz para hablar y actuar en estos temas de la violencia, de lo cual nadie quiere hablar, porque incluso apoyar a un hermano migrante llega a ser incluso motivo de persecución?.-
"Venimos luchando contra esta violencia y pidiendo porque el ambiente de las familias sea un ambiente de serenidad, de entendimiento donde se vaya superando la violencia intrafamiliar ya que desde ahí se prende a ser violentos pero también de que encontremos fórmulas para detener esta delincuencia organizada o este flujo de drogas, que de alguna manera es lo que está detrás de esta violencia".
"Las cosas irán cambiando en la medida en que se vaya educando a la convivencia, a la solidaridad, de otra manera estaremos siempre uno contra otro y debemos vernos como hermanos como dice el evangelio pienso yo que este es un mal que va a costar trabajo, no es fácil recobrar la estabilidad y la paz pero debemos empezar desde las familias".
-¿En el albergue decanal guadalupano, tienen algún programa o proyecto para reforzar la misión a favor de los migrantes, donde llega incluso infantes solos a su paso por esta región?.-
"En realidad los proyectos que se hacen generalmente son de acogida para apoyarlos incluso para darles un lugar de seguridad, servicios de salud, de comunicación con sus familiares, todas estas cosas se están haciendo... pero tal vez el problema serio es el de la trata de que se enganchan diríamos así con estos migrantes, gentes que tienen otras intenciones de aprovecharse de ellos, de explotarlos, entonces aquí es donde todos debiéramos ser ojos vigilante para de alguna manera detectar estos problemas, de hecho el registro que se lleva muy minucioso de cuántos llegan cuándo llegan y cuando se van es un registro que ha dado ocasiones a veces de detectar estas gente porque cuando los andan buscando saben que pasaron tal día y que pasaron a otro lugar y esto ayuda a ir deteniendo a esta gente que abusa de los migrantes yo pienso que son esfuerzos que hay que apoyar".
-¿Respecto a las propuestas de la iglesia hacia el Congreso y el acercamiento al nuevo gobierno?.-
"Mire, veo que en cuanto tome posesión el nuevo gobernador será la ocasión de poder tener una relación con él para impulsar estas políticas que buscan la seguridad que buscan la corrección de muchas cosas que han sido difícil y que lógicamente siguen siendo un desafío para cualquiera que tome el poder, aquí yo pienso que más que nada se tiene que crear una sinergia, no es solamente la responsabilidad de los padres de familia porque ahora con los medios de comunicación y las relaciones sociales vemos que todos que comprometernos para crear un ambiente educativa para que realmente los valores sean tomados en cuenta y que no sea por decir así un tipo de institución que destruye lo que hace la otra, simplemente a veces no hay una buena relación entre la escuela y los padres de familia, la escuela deshace lo que los padres hacen o al revés los padres deshacen lo que la escuela hace, tiene que haber un proyecto común, un proyecto a la cual se sumen las instituciones oficiales los medios de comunicación. La sociedad, los comercios, los empresarios todos tenemos que ser educadores, cuando esto se logra ¡mejora mucho ¡el ambiente social!".
-¿Con el cambio de gobierno cree usted que cambien las cosas?.-
"No, para nada todo es paulatinamente, nada cambia de la noche a la mañana, todo es de esfuerzo, es de perseverancia, hay que ser perseverantes".

La jornada religiosa -en la cual participaron cientos de jóvenes de los diferentes grupos parroquiales- culminó con el firme mensaje de amor al prójimo desde las familias, perseverancia en la labor altruista y solidaridad en nuestros actos todos los días.

domingo, 7 de agosto de 2016

TESTIMONIO DE UN VOLUNTARIADO EN EL ALBERGUE DE MIGRANTES EN VERACRUZ

El pasado mes de marzo de 2016 tuve la oportunidad de viajar a Tierra Blanca Veracruz,  el propósito era colaborar en las misiones de Semana Santa de este año. A pesar de las noticias sobre la violencia en esta población decidí aceptar y ofrecer mi tiempo y trabajo durante una semana en esa población.
El primer día nos instalamos en la capilla de Cristo Rey y al día siguiente nos llevaron a conocer el albergue para migrantes que había en la ciudad el cual recibe migrantes centroamericanos que viajan en el tren conocido como “La bestia” y les proporciona alojamiento y alimentos por un día.
Yo había escuchado alguna vez que existía ese tren y había visto algunas imágenes de los migrantes subidos arriba de éste, pero  nunca había  entrado a un albergue de este tipo, ni tratado con ningún migrante centroamericano. En un principio confieso que tenía algunos prejuicios contra ellos,  por ejemplo que quizá eran peligrosos y sucios. Incluso me costaba trabajo mirarlos directamente.
Conforme pasaban las horas, me atreví a observarlos más detenidamente y me percaté que eran muy jóvenes, estimo que sus edades rondaban los 17-25 años; llegaban con hambre, sed, sueño y con heridas en los pies, pero sobretodo advertí que traían cargando una tristeza muy profunda, pocas veces había visto yo un rostro humano con tanta tristeza. Comencé a preguntarles sus nombres cuando les abría la puerta del albergue o cuando les daba un vaso de agua. Luego les pregunté de dónde venían y me di cuenta de que la inmensa mayoría proviene de Honduras, creo que de 100 fácilmente puedo asegurar que 90 eran originarios de ese país. Me pregunto ¿qué cosa está sucediendo particularmente en Honduras que obliga a salir a sus habitantes?, porque  no es el caso de guatemaltecos ni de salvadoreños, quienes también llegan al albergue, pero no en tales proporciones como los hondureños.
Me enteré de algunos detalles de su viaje, por ejemplo, que llevaban 15 a 20 días que habían salido de sus casas, que buscaban llegar a Estados Unidos, que hubo una sequía muy fuerte en su país……pero al mismo tiempo me enteré que habían sido asaltados al entrar a México, a unos  los habían perseguido con machetes,  algunos habían escapado y no traían más que su identificación y una pequeña mochila, otros ni siquiera eso.
También supe algo más terrible, supe que los grupos criminales cobrar cuotas por tramo a los migrantes que se suben al tren. Y que si alguno no trae dinero o no paga entonces los avientan y la caída no es como yo imaginaba, que pudieran sólo golpearse y levantarse. No, el tren en movimiento tiene una fuerza centrípeta en las ruedas que los jala y entonces el migrante que cae, si no muere partido a la mitad, es mutilado de piernas o brazos por el mismo tren y es cuando dicen que “lo chupó la bestia”.
En un momento dado sentí compasión por el gran número de migrantes que aguardaba la entrada al albergue bajo el intenso calor y me atreví a comprar una tarjeta de teléfono público y fui hacia donde ellos estaban y les pregunté si alguno deseaba hablar a su casa. Uno de ellos se acercó un poco tímido y me dijo: “Yo le quiero hablar a mi ruquita”. Le pregunté si sabía cómo marcar y juntos logramos establecer la llamada. Escuché cuando dijo: “¿Mamá?, mamá….estoy bien, estoy en Tierra Blanca”. Era sólo un muchachito de 17 años, sólo pudo decir algunas palabras más porque pronto se acabó el saldo (el minuto de larga distancia en teléfono público todavía cuesta 10 pesos) pero cuando colgó, ese migrante sonreía y me dijo: “muchas gracias, que Dios te bendiga siempre….toda tu vida”. Yo quedé sorprendida de su agradecimiento, creí que había comprado una tarjeta de 30 pesos, pero me di cuenta que lo que compré fue una bendición vitalicia”. Después fui por más tarjetas, las que pude adquirir con lo que llevaba, pero me di cuenta que quizá esta manera de ayudarles era limitada y que tenía que encontrar otras formas que no fuera con dinero porque no me iba alcanzar. 
Después de esta experiencia cada vez que escucho el tren en mi ciudad,  ya no es lo mismo, su sonido  ahora evoca rostros e historias de seres humanos que sufren.  Incluso recuerdo con dolor cada vez que veía llegar una mujer o un niño al albergue, porque si un hombre migrante  joven y “fuerte” es burlado y abusado, una mujer vive la peor parte.
A veces pienso que esta historia me fue contada  por alguien o que sucedió hace mucho  tiempo,  o que ocurre en otro país lejano,  como esas historias de los nazis y judíos que llevaban también en  trenes a las cámaras de gas. Pero  esta historia es una que viví y escuché, en pleno mes de marzo del 2016 y está ocurriendo en mi propio país México.

Ahora me pregunto ¿acaso es verdad que México es el país que peor trata a sus migrantes?

viernes, 3 de junio de 2016

http://www.ctierrablanca.mx/tercera-intermadia/
Gracias a todos los colaboradores/as, voluntarios/as y amigos/as por su participación para el evento!!

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Aquí y ahora.

El pasado 5 de diciembre fue el día internacional del voluntario. Han pasado poco más de cuatro meses desde que decidí comenzar a participar activamente como voluntario en el Albergue Decanal Guadalupano. Estos meses  no sólo me han hecho más independiente, sino más fuerte de espíritu, más humano. La reflexión escrita es un gran recurso para lograr la introspección y volver más tangibles nuestros sentimientos y pensamientos. Es un ejercicio que en esta ocasión me puede servir de herramienta para apropiarme de lo vivido, llegando a un conocimiento mayor de los hechos que acompañan el acontecer del hombre (entendiendo la palabra “hombre” como cualquier persona: mujeres, niños, migrantes, etcétera). Es precisamente por medio de la reflexión que se logra palpar lo aprendido de las personas con las que coincidí en mi estancia en el albergue. Todas las personas, según creo, sienten un vacío interior que las hace sentirse inconformes con la realidad que les ha tocado vivir. Esta inconformidad invita a darle sentido a su existencia, se busca conocer y entender el por qué y, sobre todo, lograr un utópico para qué. Ser voluntario es una de las mejores decisiones que he tomado y me ayudó a pisar con más firmeza mientras recorro el camino de auto-conocimiento que todos debemos recorrer. Arrojó sentido a mi vida, fortaleció el proyecto que quiero para mi futuro y para mi persona.

El servicio voluntario propicia el conocimiento verdadero del ser humano. Nos acerca a las personas, personas que son reales, con vidas reales y sentimientos reales. Te ayuda no sólo a vivir tu realidad de otra forma, sino también a observarla y entenderla de forma distinta. El albergue es un sitio ideal que fomenta esto. Aquí se siente y se vive correctamente el amor fraternal, es decir, el amor que se le tiene a cualquier ser humano, sin distinción alguna. Es un sitio lleno de diversidad, de alegría, de historias que sostienen a las personas que luchan cada día por lograr sus sueños. Se crea un ambiente de acompañamiento que se da a partir de encuentros.

Ser parte de este proyecto de acción social puede darle un giro significativo a tu vida, porque desde los primeros momentos la realidad te exige, te interpela, te enfrenta. Yo llegué a Tierra Blanca un martes en la noche y el viernes, en mi tercer día, me descubrí asustado. Estábamos a principios de agosto y seguía sin comprender del todo la nueva rutina, los protocolos y las formas de responder ante determinadas situaciones. Era un novato, un principiante en cuestiones del albergue. En ese entonces el calor, que es la marca principal de esta ciudad (“La novia del Sol”), no desaparecía, sentías su peso en el cuerpo. Esa mañana tuve la fortuna de conocer a una pareja de hondureños, María y Nelson, de los que aprendí no sólo que el amor prevalece en la adversidad, sino que una mirada sincera regala fuerza y cómo una sonrisa inesperada nos da vida. Estoy convencido que estos dos gestos pueden curar el alma de un hombre. María necesitaba ir al hospital y por razones que aún desconozco a mí me pidieron que los acompañara. Acepté. La espera ardua duró todo el día. Predominó en mí un sentimiento de impotencia, no sabía qué hacer para acelerar el proceso, no sabía qué pasaba. Estaba muy nervioso, una mujer aguardaba a mi lado, necesitaba atención médica y yo no podía hacer nada al respecto. Al final, Nelson, María y yo nos apoyamos y no recuerdo en qué momento ni cómo, pero María pasó y fue atendida por el doctor. Nelson y yo expectantes en la sala de espera matamos el tiempo hablando de viejas historias, recuerdos, países. Parece una cruel ironía, pero en los momentos de más estrés y de malas noticias surge la parte más humana de los hombres. Nelson fue uno de los primeros hombres que conocí gracias al albergue; sin embargo, es, y será, uno de los recuerdos más nítidos y desgarradores que tengo. El encuentro con él fue real, sin fachadas. El diálogo atento y la indagación en el otro nos llevó a descubrirnos como dos hombres que se acababan de conocer, pero con historias y vivencias similares, marcas similares, pasados similares. La vida de un hombre cambia al ser tocada por otro, es por eso que se dice que estamos hechos de historias, de experiencias humanas que nos marcan con su bondad y su textura.

Como voluntario comienzas a vivir plenamente la pluralidad que nos forma. No hay nada más gratificante que compartir vida con una persona de otro país y sumergirse en otra cultura. Porque es precisamente en las diferencias en lo que todos coincidimos. Somos iguales a los otros en tanto aceptamos nuestras diferencias. En el albergue aprendes que el amor se esconde detrás de un “buenos días” o de un gesto de complicidad. Te das cuenta que un apretón de manos no es un simple convencionalismo, más bien es la forma de decirle al otro que respiramos, que estamos vivos y que tenemos fuerza. Como aquella mirada de José al darle una barra de jabón y mostrarle dónde bañarse. Felicidad y agradecimiento puro, sin tapujos. José es un niño guatemalteco de 14 años cuya única compañía era el camino y una playera descolorida de las chivas. Él salió de su país por necesidad tras la muerte de su hermano (el sustento de la familia) y la súbita enfermedad de su madre. El amor por sus seres queridos es el combustible más poderoso de un hombre. A José le tocó ser adulto muy joven. A pesar de esto, para mi sorpresa, su color no era pálido ni su esperanza escueta, él estaba emocionado porque al fin podría ayudar a su madre, luchando con sus propias manos y sosteniendo a la familia con sus hombros. Decía que hace tiempo anhelaba poder ser él quien se encargara de su familia. La manecilla del reloj giró demasiado rápido, él lo aceptó y lo asumió. Llegó al albergue una tarde soleada, después de haber caminado durante horas porque los garroteros no lo dejaron subirse al tren. Fue víctima del calor inclemente, de una lluvia constante y del lodo. De aquel conflictivo lodo que ha vencido a las piernas más fuertes, las ha derrotado. Llegó enfermo, tosiendo, decaído, con los zapatos rotos y los pantalones irreconocibles. A pesar de su cuerpo debilitado por los embates del camino, su mirada, que no olvidaré nunca, era firme, aguerrida, dura. En ella no había duda, ni vacilaciones. Su mirada mostraba un carácter digno de una larga vida: mostraba virtud, honestidad, calor, garantía, decisión. José salió del albergue con ropa limpia, un porvenir colorido y sus sueños más vivos que nunca. Lo que me impactó de él fue su determinación. En la vida es común ser víctimas de sucesos desfavorables. Padecemos desamores, enfermedades, pobreza, odio, violencia, amenazas, extorsiones, cacerías, indiferencia. En algunas ocasiones la estructura de nuestro mundo se rompe, cae encima de nosotros y aplasta cada centímetro de nuestro ser. En esos momentos entramos en crisis, lloramos, gritamos, perdemos la esperanza, nos deprimimos, nos quebramos. Y todo esto es válido porque a partir de la nada se puede crear algo firme. Es una oportunidad de empezar de nuevo, pero en esos momentos no lo vemos así. En esos momentos los días son grises, la fuerza de nuestro cuerpo inexistente, la alegría efímera. Nos descubrimos en un pozo sin fondo. Y es ahí, precisamente  ahí, donde sale lo mejor del hombre. Porque el hombre es un ser de posibilidades infinitas. En esos momentos el hombre decide recuperar su fuerza, pensar las opciones, dejar gritar a su instinto y levantarse. Se levanta y comienza a construir, desde la nada, la estructura firme que necesita. José decidió esto, tomó sus elecciones, tuvo la decisión, adoptó la actitud necesaria que conduce a la grandeza y pisó firme su nueva realidad, pero sólo para impulsar el paso que dará hacia el futuro, hacia su realidad construida, hacia su vida elegida.

Ser voluntario en el Albergue Decanal Guadalupano propicia el contacto real con el otro hombre. Se ejercita una escucha valiosa que busca entender un poco más a las personas, sin prejuicios y sin ataduras. En el albergue comprendes, por ejemplo, que la palabra “migrantes” puede llegar a deshumanizar: clasifica, diferencia, limita. Y creo que te das cuenta de que esta palabra es incorrecta hasta que participas en su camino, en el camino del hombre, concurriendo en su vida, en un albergue o simplemente compartiendo algunas palabras; porque sólo así puedes notar que al llamar migrante al otro, lo que haces es identificarlo con un apodo colectivo de fácil utilización, como un conjunto de personas y no como la persona que es. Al estar ahí se vuelve palpable la unicidad que habita en todos nosotros, en cada par de ojos, en cada palabra, en cada mirada, en cada silencio. Te dejas enamorar por esa unicidad. Se descubre al hombre como un hermano, como un semejante que vive aquí y ahora.

Ser voluntario es dejar de compadecerte y verdaderamente comenzar a participar en algún cambio. Estos cambios son pequeños, sí, pero significativos. Si de algo tengo certeza es que un plato de arroz puede impulsar a un hombre más allá de lo imposible, lo empuja hacia adelante. Ser voluntario es hacer algo al respecto con los sucesos que nos rozan. Dejamos de ayudar, de asistir, y empezamos a acompañar, que es mejor. La compañía del hombre que emigra es únicamente su mochila y el camino que lo espera. Buscamos cambiar eso y acompañarlo también, ofreciéndole una mano amiga que, cuando el espíritu comienza a flaquear, se siente fuerte como un tronco. Tus pensamientos e inconformidades se vuelven actos. Comienzas a ser un agente de cambio que da testimonio de servicio y de vida. Buscas acompañar al hombre en su paso por México y participar en su acontecer. Fomentas la apertura que surge a partir de la confluencia, generas confianza e igualas a todas las personas. Ya no son ellos, ni unos, ni los otros, sino nosotros. El contacto entre iguales nos humaniza y revitaliza.

Mis días como voluntario están por terminar y hoy me doy cuenta de todo lo que me ha marcado, de todo el aprendizaje que me llevo conmigo. De esta experiencia me llevo recuerdos gratificantes. Una de las imágenes principales con la que voy a recordar estos meses es el comedor del albergue lleno de personas que se reían al mismo tiempo, pero con risas disparejas. Ese día llegó un tren con muchas personas, la mayoría entraron a descansar. A la hora de la cena el comedor irradiaba alegría, rebosante de sueños y sonrisas. Nunca voy a olvidar esos momentos ni a los hombres que los ocasionaron. Hondureños, salvadoreños, guatemaltecos, nicaragüenses, entre otros (catrachos, guanacos, chapines, nicas, respectivamente). Cada uno orgulloso de su país y portadores dignos de esos gentilicios adaptados que taladran los oídos con el corazón de un país. Toda experiencia nos marca, crea fisuras en nuestra alma. Ellos han marcado la mía, se quedan en sus manos con un pedazo de mí. De todos ellos, que ya forman parte de mi historia, me voy a llevar algo conmigo. De los nicas me llevo su timidez pueril, su amabilidad, su gentileza, su disposición y amistad. De los guanacos me llevo su seriedad, sus costumbres ricas, su creatividad, el calor de su piel y su sensibilidad. De los chapines me llevo su belleza, la calidez de sus rostros, su sonrisa infantil, tan sincera e inofensiva. Me llevo su curiosidad, su naturalidad, su caminar parsimonioso, su mesura, su mirada que invita al contacto puro. Me llevo un pedazo de su tierra, de su cultura y sus misterios. Y de los catrachos tan firmes, fluyendo en el albergue, disfrutando todo momento. De ellos me llevo la alegría de su sangre, sus risas, sus bromas, sus historias tan embellecidas, su franqueza. Me llevo su astucia, sus ojos desnudos y sus bailes. Su camaradería, su apoyo, sus palabras. Me llevo su energía, sus proyectos, su fuerza inquebrantable y su espíritu acorazado. Me llevo su viveza y la fuerza de sus cuerpos, tan suya, tan nuestra.

Como voluntario comprendes que todo es cuestión de compartir con el otro. Compartir la ropa, la comida, las arcadas, los sueños, las historias, los miedos. Compartir el cansancio de los pies, compartir también el hambre que recorre nuestros cuerpos, la constante fuerza de la mochila que nos empuja contra la desesperanza. Compartimos la unión que nace en la batalla contra la incertidumbre. Compartimos, también, el dolor de las vías, los llantos que fueron emitidos en el lomo de un vagón, la indecisión de las rutas desconocidas, las plegarias de nuestros seres queridos que nos piensan, que nos recuerdan, que nos añoran. Compartimos la fuerza de la cruz que descansa en nuestros cuellos y el peso de las espaldas encorvadas. Compartimos el despojo que sienten los hombres sin nombre, la dolorosa acusación de ilegales, cuando sólo son carentes de un papel, de un simple documento. Desprovistos de un escrito son forzados a la huida. Compartimos los lamentos de las voces no escuchadas, el eco de todos los gritos que mueren en el silencio, las enseñanzas, los viejos desamores, los consejos, los gritos de aliento, lo que sea, no importa. Simplemente buscamos una excusa para acercarnos al otro.

Al final todo es cuestión de compartir con el otro. Sencillamente, compartir vida.

Con la novia del Sol en el corazón,
Pablo Igartua
Voluntario del albergue 2014.


lunes, 20 de octubre de 2014

Sueños, entre otras necesidades más.

          Me preguntan sobre qué es lo que he vivido en el albergue, mi respuesta es: la humanidad tan pura que puede haber dentro de una realidad tan inhumana. Aquí se es testigo de los grandes anhelos que luchan contra los sedientos monstruos del hambre, violencia, odio, incertidumbre, entre otros más. Todo resumido en lo que es una amenaza para la dignidad humana. Esos grandes anhelos se encuentran en historias, esas historias tienen nombre y apellido pero la mayoría de la gente sólo les pone un nombre: "migrante".
Todas las historias son únicas, unas buscan un bien propio y otras buscan brindarles una mejor vida para su familia como la de José Murcia, hondureño de veintiún años. Me encontraba curándole sus ampollas y heridas que tenía en las plantas de sus pies, "caminamos tres días en el monte y cruzamos pantano" me platica mientras se rascaba sus pies y tobillos llenos de ronchas. Le pregunté por qué migraba, de repente una enorme sonrisa se dibujo en su rostro acompañado de unos ojos llenos de ternura y me dijo: "Tengo a mi princesa de ocho meses en Honduras y busco darle una vida mejor". Fuerte, de corazón catracho, consciente que no la va a ver por unos años. O como la de Wildem García, joven de dieciocho años, alivianado, pero sobre todo valiente me dice: "Estoy aquí porque mi madre ya no puede trabajar, tengo tres hermanas y yo soy la única esperanza para sacarlas adelante". Wildem había caminado cinco días por la cantidad de operativos que había en el sur del país. Así Wildem pudo comer ese día, descansar bajo un techo sin la inseguridad que le hagan daño o roben mientras duerme, para que el siguiente día cargue su mochila y siga con su camino montado en ese animal de acero,  arriesgándolo todo con el fin de ayudar a su familia.

Aquí abres los ojos a una realidad cuando te encuentras cargando una pierna para que puedan curar el pie que es testigo de las toneladas de ese traicionero tren con sus ardientes ruedas de acero. O cuando estas curando una herida en la cabeza, hecha por la dureza e intolerancia de una pistola. Empiezas a ver con tus propios ojos lo que una vez leíste en las noticias, pero hay algo esencial que no te dicen aparte de que en ocasiones omiten o distorsionan lo que es la realidad. A esa parte esencial yo le llamo: "sueños". Sueños de no vivir en un infierno y estar empapados de la armonía que uno busca, "Fe” o “esperanza" de que esos sueños realmente, con esfuerzo, pueda ser su realidad y "filantropía" en la que el amor nos genera la belleza de ver al otro como un verdadero hermano en el camino.

Carlos Chapa
Voluntario del albergue 2014.

lunes, 31 de marzo de 2014

Frijoles y arroz para el corazón roto.

Imagen
Gerson Vladimir, 24 años, El Salvador.
Fotografía: Laura Leszinski, Luis Ruiz.
Son las seis de la mañana y la alarma de mi teléfono está sonando, hora de ir a trabajar. Una mañana más en Tierra Blanca, un poblado al sur de Veracruz donde el calor es casi permanente y raramente se escucha algún ruido en las calles; medio dormido salgo de bañarme y camino hacia la casa de mi jefa, Dolores, una religiosa que aunque use falda, tiene más pantalones que cualquiera. En su carro rojo nos dirigimos a nuestro trabajo en el Albergue Decanal Guadalupano, casa para miles de migrantes que cada año transitan por nuestro país en busca de un futuro más digno para ellos y sus familias. Es la mañana de un miércoles y fuera de la casa ya están unos veintitantos hermanos centroamericanos esperando su desayuno, recién bajados del tren; dentro, en los dormitorios del albergue, otros cuantos ya están despiertos después de descansar por primera vez en varias noches; es tan sólo el inicio de un día que sin duda nos traerá nuevas historias, aprendizajes, alegrías, corajes, tristezas y esperanzas. 
“¿Hay algo por lo que quisieran pedir a Dios hoy?”, les pregunto en la oración antes del desayuno. Las peticiones son similares; por su familia, por ellos, por los que se quedaron en el camino; cada uno se solidariza con la petición del otro, aquí ya no hay guatemaltecos, nicaragüenses, hondureños, salvadoreños, mexicanos, ya sólo hay soñadores, parte de un solo grupo en busca de sobrevivir para tener pan y vida. A la hora de servir el desayuno, las reacciones son varias. “¡Qué rico, arrocito y frijoles!”, dicen los más positivos; “¿No tiene más tortillas?”, piden los más hambrientos; algunos expresan “¿Arroz y frijoles otra vez?”. Pero no importa, el estómago se llena de alimento y el corazón de fuerza, y vaya que es necesaria, la situación no es nada favorecedora y aún queda más de la mitad del camino para llegar a su destino. Las inclemencias climáticas y la mala alimentación o la falta de ella los han dejado débiles, y la violencia, temerosos. Ésa, que es pan de cada día; de parte del crimen organizado que los explota y esclaviza, de las autoridades que los reprimen y maltratan, y de la sociedad que los excluye e ignora. 
Bien dicen que migrar es una triste alegría; es un viaje de esperanza lleno de desesperanzas, una búsqueda de un sueño que se va viendo cada vez más lejos, y aún así se persigue. ¿Por qué?, preguntarán muchos; la respuesta es contundente y dura, no hay de otra. Hay familias enteras que mantener, pandillas que los amenazan, entornos tan violentos que vuelven de la dignidad algo imposible.  Como en el caso de Gerson Vladimir, un joven salvadoreño con una historia que merece escucharse.  “Tuve una amenaza de muerte, de parte de unas pandillas que existen en mi país, de la Mara 18, que opera en el territorio donde yo vivo”, me lo dice bajito y temeroso, como si estuviese diciendo algo prohibido.  “Fue obligatorio que yo saliera de mi pueblo porque las pandillas están muy fuertes.” Me cuenta que su familia quedó muy entristecida por su partida y se negaban a dejarlo ir: “Nadie acepta el hecho de que tiene que salir de su país así a la fuerza”. Sin embargo, Gerson es un alma fuerte, no se quiebra, no puede, a pesar de las dificultades tiene un objetivo: vivir. “Me motiva la oportunidad de estar vivo, porque allá en donde nací arriesgo mi vida, (…) me motiva a seguir adelante poder encontrar un lugar donde rehacer mi vida”. 

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Anónimo, Guatemala.
Fotografía: Laura Leszinski.
Como la historia de Gerson, hay miles. Julián, de Honduras, atribuye su salida a la falta de trabajo; cuando lo encuentra, dice, las pandillas le cobran un impuesto de guerra; Jaime, también de Honduras, prefirió salir antes de que fuera demasiado tarde y su cuerpo ya no se lo permitiera. Hoy, ya en México, el pasado parece verse lejano, están dispuestos a hacer todo por llegar a su destino y dar vuelta atrás no es una opción, a pesar de las heridas, los ataques y la soledad, tienen que terminar el viaje. Conforme pasa el día, el albergue se va llenando de rostros; hombres y mujeres, niños y ancianos, cada uno con una historia que contar, con una voz que merece ser escuchada. Entre risas, algunas lágrimas, juegos, chistes, regaños, sudor y abrazos, transcurre la mañana hasta que llega la hora de la comida. Y es ahí cuando el equipo del albergue comienza a moverse enloquecidamente por la casa. “¡Caliéntame más tortillas!”, se oye por un lado; “¡Llegaron más! ¿Todavía tenemos comida?”, preguntan otros. 
Al centro de lo que pareciera una operación complicada, se encuentran las mágicas cocineras; y las nombro así, pues no hay otra explicación para lo que hacen. No sé si sea el amor con el que trabajan o algún ingrediente secreto, pero a la hora de la comida, un simple plato de arroz con frijoles es el manjar más delicioso; pero eso no es todo, con su magia también logran que con los recursos que hay, muchas veces limitados, todos alcancen a comer. Estas dos mujeres, Vicky y Jovita, desde su cocina escriben cartas de amor en forma de platos de comida; siempre tienen plática para quien se les acerque, sin embargo hoy que llegamos con una cámara para la entrevista, una de ellas no se puede aguantar la risa durante toda la grabación y casi todas sus respuestas son de una o dos palabras. Aún así, en lo breve de sus respuestas, dicen mucho; doña Vicky, que sigue trabajando mientras platica conmigo, me dice que le pediría a la gente “que cooperen, porque es una obra buena, porque hay muchos migrantes que vienen lastimados (…), que traen mucha hambre y el albergue cuenta con el apoyo, pero a veces nos hacen falta cosas”, también pide que ayuden con trabajo, como los voluntarios, tanto locales como foráneos.
Durante mis días en el albergue, el equipo de voluntarios y colaboradores formamos una mezcla bastante ecléctica. De edades, ideologías, credos, nacionalidades y habilidades muy diversas; sin embargo, formamos una familia pues todos teníamos algo en común: la esperanza de ser un alivio en un camino rocoso y doloroso. Nadie hubiera pensado que Laura, la sofisticada joven alemana estudiante de Ciencias Sociales, de ideas revolucionarias y agnóstica, pudiera convertirse en una de las mejores amigas de Antonieta, una religiosa guatemalteca de cincuenta y tantos años con la risa más contagiosa que he escuchado y la sonrisa más pura que existe; y sin embargo así fue. La misma Antonieta me dice: “He aprendido mucho de los voluntarios y de todos los compañeros pues son muy alegres y eso me transmite alegría y entusiasmo para seguir colaborando a nuestros hermanos migrantes”. A todos nos une algo más grande que nosotros mismos, como lo llamemos no importa, nos une Dios, el amor, ellos. 

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Migrantes haciendo fila a la hora de la comida.
Fotografía: Juan Pablo Gil.
Y como no unirse por ellos, si cada palabra, cada historia, te conmueve y te transforma. Como el caso de Johanna, una joven hondureña de 19 años; desde que comenzamos la plática con ella nos dice que se siente triste y con ganas de llorar, y sus razones son grandes. El viaje para ella ha terminado, es momento de regresar a Honduras, ese país donde ella dice “el trabajo no se encuentra”. ¿Se rindió?, no; simplemente ya no tiene dinero, y me dice que en este viaje “si uno ya no tiene dinero, ya no vale nada y lo matan”. En laspalabras suena cruel pero la realidad es aún peor, el crimen organizado se ha apropiado de las vías y ha comenzado a cobrar la infame cuota, y si no la pagan les dicen “si te subes al tren, te vamos a bajar, te vamos a violar y te vamos a matar”. Para ella, regresar es una desilusión, pareciera ser que todos los riesgos que tomó, hasta el abandonar a su familia, no valieron la pena. Sin embargo, al final de este pesado camino hay algo de luz, la única ilusión que le queda es la que la mantiene de pie: “Estoy feliz porque voy a ver a mi mamá, a mi papá, a mi hijo, a mis hermanos (…) voy a regresar a mi hogar”. 
Edwin, salvadoreño, tiene un caso parecido. Apenas está consiguiendo el dinero para pagar la cuota, con pequeños trabajos mal pagados que consigue con la gente del pueblo y la esperanza de que su madre, que lo dejó de niño y que ahora vive en Estados Unidos le mande un poco de dólares para continuar. Sus ánimos están bajos, acaba de ver como tiran a un compañero suyo del tren, y en el fatal hecho ve un reflejo de su futuro, pero no puede retroceder, tiene siete hermanos, todos huérfanos. Su padre, que en sus propias palabras, les enseñó “a andar en cosas buenas”, ya murió y ni él ni sus hermanos tenían nada de dinero para subsistir. Por ellos, por él mismo y por hacerle honor a su padre, va a continuar hasta llegar y poder trabajar, donde sea y como sea; su madre, con su nuevo esposo, trabaja en un restaurante y espera que le pueda encontrar algún empleo, de no ser posible buscará hasta hallar uno, pero no dejará que sus hermanos crezcan con tantas carencias como él, a su forma de ver las cosas, no puede defraudarlos. 
La familia, muchas veces es la única motivación que una persona tiene para seguir en un camino tan difícil. Así como Edwin lo hace por sus hermanos, Kevin, un hombre también salvadoreño, lo hace por su esposa y sus hijos; esa tarde, en cuanto me acerqué a él y le pregunté como estaba, comenzó a llorar desconsoladamente. Entre llanto, logró contarme algo de su historia, su esposa acababa de hablarle apenas unos minutos antes para decirle que los marasquerían matar a sus hijos y a ella; habían llegado a balear su casa, pues no habían podido pagar la cuota que las pandillas salvadoreñas cobran por vivir en su territorio; afortunadamente, su familia había podido escapar. “Si no sigo, me los van a matar”, me decía con lágrimas en sus ojos, “tengo que seguir para conseguir el dinero, o los pierdo.” Entre el llanto y las llamadas telefónicas de Kevin, no tuve mucha oportunidad de seguir platicando con él, sin embargo su historia no la dejo de pensar hasta la fecha.

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Edwin, 18 años, El Salvador.
Fotografía: Laura Leszinski, Luis Ruiz.
El día oscurece y muchos van saliendo de la casa para continuar su camino, otros se quedan para descansar toda la noche. Llega la hora de la cena, son menos que en la comida así que el ritmo no se acelera tanto; igualmente buscamos darles lo mejor, de lo que tenemos, de nosotros mismos; y eso lo aprendimos de Dolores, la cabeza y el corazón del albergue, la directora. Una persona verdaderamente fuerte y amorosa a la vez, alguien que vive su fe plenamente. Pocas veces he visto a alguien trabajar tanto y tan apasionadamente, ella está ahí porque cree en lo que hace y nadie lo podría hacer mejor. No le da a la gente por su lado, al contrario, los enseña a ser responsables y cuidar de sus cosas; a tratar a todos por igual, en el albergue no importa tu nacionalidad, tu género, tu religión, tu orientación sexual, aquí todos somos migrantes en busca de un sueño. En palabras de José, un hermano salvadoreño: “Todos somos seres humanos, todos tenemos derechos, no solamente por no tener documentos y estar ilegalmente en otro país no los tenemos, a los ojos de Dios todos somos iguales”.
Con la noche llega el fin de un día más en esta casa de soñadores, al siguiente día, probablemente lleguen decenas de nuevas historias que escuchar y corazones fuertes en busca de descanso y un plato de comida. Esa fue mi vida durante un semestre en Tierra Blanca, lugar donde, así como ellos, busqué un sueño y lo encontré; conocí a las mejores personas, mis compañeros voluntarios que se convirtieron en mis mejores amigos, gente con el corazón lleno de amor; conocí también mi nueva vida. Y Ahora sé que en el camino todos somos migrantes, vamos de paso esquivando los obstáculos y luchando por llegar al objetivo soñado; claro está, así como Gerson, Johanna, Jaime, José, Julián, Kevin y otros cientos de nombres que marcaron mi vida, encontraron dificultades en su camino, cada uno tendremos momentos donde sentiremos que ya no podemos seguir, pero estoy seguro que con mucha fe, amor y un buen plato de frijoles con arroz, no hay corazón roto que no se pueda reparar.
A Beto, Sol, Dolores, Antonieta, Laura, Jenni, Jessy, Juan Pablo Silva, Juan Pablo Gil, Lupita, Alma, Doña Vicky, Doña Jovita, Rafa, Héctor, Eli y todos los ángeles que tocaron mi alma en mi paso por Tierra Blanca. Gracias a ustedes soy quien soy.
Luis Ruiz Voluntario del Albergue 2013