miércoles, 10 de diciembre de 2014

Aquí y ahora.

El pasado 5 de diciembre fue el día internacional del voluntario. Han pasado poco más de cuatro meses desde que decidí comenzar a participar activamente como voluntario en el Albergue Decanal Guadalupano. Estos meses  no sólo me han hecho más independiente, sino más fuerte de espíritu, más humano. La reflexión escrita es un gran recurso para lograr la introspección y volver más tangibles nuestros sentimientos y pensamientos. Es un ejercicio que en esta ocasión me puede servir de herramienta para apropiarme de lo vivido, llegando a un conocimiento mayor de los hechos que acompañan el acontecer del hombre (entendiendo la palabra “hombre” como cualquier persona: mujeres, niños, migrantes, etcétera). Es precisamente por medio de la reflexión que se logra palpar lo aprendido de las personas con las que coincidí en mi estancia en el albergue. Todas las personas, según creo, sienten un vacío interior que las hace sentirse inconformes con la realidad que les ha tocado vivir. Esta inconformidad invita a darle sentido a su existencia, se busca conocer y entender el por qué y, sobre todo, lograr un utópico para qué. Ser voluntario es una de las mejores decisiones que he tomado y me ayudó a pisar con más firmeza mientras recorro el camino de auto-conocimiento que todos debemos recorrer. Arrojó sentido a mi vida, fortaleció el proyecto que quiero para mi futuro y para mi persona.

El servicio voluntario propicia el conocimiento verdadero del ser humano. Nos acerca a las personas, personas que son reales, con vidas reales y sentimientos reales. Te ayuda no sólo a vivir tu realidad de otra forma, sino también a observarla y entenderla de forma distinta. El albergue es un sitio ideal que fomenta esto. Aquí se siente y se vive correctamente el amor fraternal, es decir, el amor que se le tiene a cualquier ser humano, sin distinción alguna. Es un sitio lleno de diversidad, de alegría, de historias que sostienen a las personas que luchan cada día por lograr sus sueños. Se crea un ambiente de acompañamiento que se da a partir de encuentros.

Ser parte de este proyecto de acción social puede darle un giro significativo a tu vida, porque desde los primeros momentos la realidad te exige, te interpela, te enfrenta. Yo llegué a Tierra Blanca un martes en la noche y el viernes, en mi tercer día, me descubrí asustado. Estábamos a principios de agosto y seguía sin comprender del todo la nueva rutina, los protocolos y las formas de responder ante determinadas situaciones. Era un novato, un principiante en cuestiones del albergue. En ese entonces el calor, que es la marca principal de esta ciudad (“La novia del Sol”), no desaparecía, sentías su peso en el cuerpo. Esa mañana tuve la fortuna de conocer a una pareja de hondureños, María y Nelson, de los que aprendí no sólo que el amor prevalece en la adversidad, sino que una mirada sincera regala fuerza y cómo una sonrisa inesperada nos da vida. Estoy convencido que estos dos gestos pueden curar el alma de un hombre. María necesitaba ir al hospital y por razones que aún desconozco a mí me pidieron que los acompañara. Acepté. La espera ardua duró todo el día. Predominó en mí un sentimiento de impotencia, no sabía qué hacer para acelerar el proceso, no sabía qué pasaba. Estaba muy nervioso, una mujer aguardaba a mi lado, necesitaba atención médica y yo no podía hacer nada al respecto. Al final, Nelson, María y yo nos apoyamos y no recuerdo en qué momento ni cómo, pero María pasó y fue atendida por el doctor. Nelson y yo expectantes en la sala de espera matamos el tiempo hablando de viejas historias, recuerdos, países. Parece una cruel ironía, pero en los momentos de más estrés y de malas noticias surge la parte más humana de los hombres. Nelson fue uno de los primeros hombres que conocí gracias al albergue; sin embargo, es, y será, uno de los recuerdos más nítidos y desgarradores que tengo. El encuentro con él fue real, sin fachadas. El diálogo atento y la indagación en el otro nos llevó a descubrirnos como dos hombres que se acababan de conocer, pero con historias y vivencias similares, marcas similares, pasados similares. La vida de un hombre cambia al ser tocada por otro, es por eso que se dice que estamos hechos de historias, de experiencias humanas que nos marcan con su bondad y su textura.

Como voluntario comienzas a vivir plenamente la pluralidad que nos forma. No hay nada más gratificante que compartir vida con una persona de otro país y sumergirse en otra cultura. Porque es precisamente en las diferencias en lo que todos coincidimos. Somos iguales a los otros en tanto aceptamos nuestras diferencias. En el albergue aprendes que el amor se esconde detrás de un “buenos días” o de un gesto de complicidad. Te das cuenta que un apretón de manos no es un simple convencionalismo, más bien es la forma de decirle al otro que respiramos, que estamos vivos y que tenemos fuerza. Como aquella mirada de José al darle una barra de jabón y mostrarle dónde bañarse. Felicidad y agradecimiento puro, sin tapujos. José es un niño guatemalteco de 14 años cuya única compañía era el camino y una playera descolorida de las chivas. Él salió de su país por necesidad tras la muerte de su hermano (el sustento de la familia) y la súbita enfermedad de su madre. El amor por sus seres queridos es el combustible más poderoso de un hombre. A José le tocó ser adulto muy joven. A pesar de esto, para mi sorpresa, su color no era pálido ni su esperanza escueta, él estaba emocionado porque al fin podría ayudar a su madre, luchando con sus propias manos y sosteniendo a la familia con sus hombros. Decía que hace tiempo anhelaba poder ser él quien se encargara de su familia. La manecilla del reloj giró demasiado rápido, él lo aceptó y lo asumió. Llegó al albergue una tarde soleada, después de haber caminado durante horas porque los garroteros no lo dejaron subirse al tren. Fue víctima del calor inclemente, de una lluvia constante y del lodo. De aquel conflictivo lodo que ha vencido a las piernas más fuertes, las ha derrotado. Llegó enfermo, tosiendo, decaído, con los zapatos rotos y los pantalones irreconocibles. A pesar de su cuerpo debilitado por los embates del camino, su mirada, que no olvidaré nunca, era firme, aguerrida, dura. En ella no había duda, ni vacilaciones. Su mirada mostraba un carácter digno de una larga vida: mostraba virtud, honestidad, calor, garantía, decisión. José salió del albergue con ropa limpia, un porvenir colorido y sus sueños más vivos que nunca. Lo que me impactó de él fue su determinación. En la vida es común ser víctimas de sucesos desfavorables. Padecemos desamores, enfermedades, pobreza, odio, violencia, amenazas, extorsiones, cacerías, indiferencia. En algunas ocasiones la estructura de nuestro mundo se rompe, cae encima de nosotros y aplasta cada centímetro de nuestro ser. En esos momentos entramos en crisis, lloramos, gritamos, perdemos la esperanza, nos deprimimos, nos quebramos. Y todo esto es válido porque a partir de la nada se puede crear algo firme. Es una oportunidad de empezar de nuevo, pero en esos momentos no lo vemos así. En esos momentos los días son grises, la fuerza de nuestro cuerpo inexistente, la alegría efímera. Nos descubrimos en un pozo sin fondo. Y es ahí, precisamente  ahí, donde sale lo mejor del hombre. Porque el hombre es un ser de posibilidades infinitas. En esos momentos el hombre decide recuperar su fuerza, pensar las opciones, dejar gritar a su instinto y levantarse. Se levanta y comienza a construir, desde la nada, la estructura firme que necesita. José decidió esto, tomó sus elecciones, tuvo la decisión, adoptó la actitud necesaria que conduce a la grandeza y pisó firme su nueva realidad, pero sólo para impulsar el paso que dará hacia el futuro, hacia su realidad construida, hacia su vida elegida.

Ser voluntario en el Albergue Decanal Guadalupano propicia el contacto real con el otro hombre. Se ejercita una escucha valiosa que busca entender un poco más a las personas, sin prejuicios y sin ataduras. En el albergue comprendes, por ejemplo, que la palabra “migrantes” puede llegar a deshumanizar: clasifica, diferencia, limita. Y creo que te das cuenta de que esta palabra es incorrecta hasta que participas en su camino, en el camino del hombre, concurriendo en su vida, en un albergue o simplemente compartiendo algunas palabras; porque sólo así puedes notar que al llamar migrante al otro, lo que haces es identificarlo con un apodo colectivo de fácil utilización, como un conjunto de personas y no como la persona que es. Al estar ahí se vuelve palpable la unicidad que habita en todos nosotros, en cada par de ojos, en cada palabra, en cada mirada, en cada silencio. Te dejas enamorar por esa unicidad. Se descubre al hombre como un hermano, como un semejante que vive aquí y ahora.

Ser voluntario es dejar de compadecerte y verdaderamente comenzar a participar en algún cambio. Estos cambios son pequeños, sí, pero significativos. Si de algo tengo certeza es que un plato de arroz puede impulsar a un hombre más allá de lo imposible, lo empuja hacia adelante. Ser voluntario es hacer algo al respecto con los sucesos que nos rozan. Dejamos de ayudar, de asistir, y empezamos a acompañar, que es mejor. La compañía del hombre que emigra es únicamente su mochila y el camino que lo espera. Buscamos cambiar eso y acompañarlo también, ofreciéndole una mano amiga que, cuando el espíritu comienza a flaquear, se siente fuerte como un tronco. Tus pensamientos e inconformidades se vuelven actos. Comienzas a ser un agente de cambio que da testimonio de servicio y de vida. Buscas acompañar al hombre en su paso por México y participar en su acontecer. Fomentas la apertura que surge a partir de la confluencia, generas confianza e igualas a todas las personas. Ya no son ellos, ni unos, ni los otros, sino nosotros. El contacto entre iguales nos humaniza y revitaliza.

Mis días como voluntario están por terminar y hoy me doy cuenta de todo lo que me ha marcado, de todo el aprendizaje que me llevo conmigo. De esta experiencia me llevo recuerdos gratificantes. Una de las imágenes principales con la que voy a recordar estos meses es el comedor del albergue lleno de personas que se reían al mismo tiempo, pero con risas disparejas. Ese día llegó un tren con muchas personas, la mayoría entraron a descansar. A la hora de la cena el comedor irradiaba alegría, rebosante de sueños y sonrisas. Nunca voy a olvidar esos momentos ni a los hombres que los ocasionaron. Hondureños, salvadoreños, guatemaltecos, nicaragüenses, entre otros (catrachos, guanacos, chapines, nicas, respectivamente). Cada uno orgulloso de su país y portadores dignos de esos gentilicios adaptados que taladran los oídos con el corazón de un país. Toda experiencia nos marca, crea fisuras en nuestra alma. Ellos han marcado la mía, se quedan en sus manos con un pedazo de mí. De todos ellos, que ya forman parte de mi historia, me voy a llevar algo conmigo. De los nicas me llevo su timidez pueril, su amabilidad, su gentileza, su disposición y amistad. De los guanacos me llevo su seriedad, sus costumbres ricas, su creatividad, el calor de su piel y su sensibilidad. De los chapines me llevo su belleza, la calidez de sus rostros, su sonrisa infantil, tan sincera e inofensiva. Me llevo su curiosidad, su naturalidad, su caminar parsimonioso, su mesura, su mirada que invita al contacto puro. Me llevo un pedazo de su tierra, de su cultura y sus misterios. Y de los catrachos tan firmes, fluyendo en el albergue, disfrutando todo momento. De ellos me llevo la alegría de su sangre, sus risas, sus bromas, sus historias tan embellecidas, su franqueza. Me llevo su astucia, sus ojos desnudos y sus bailes. Su camaradería, su apoyo, sus palabras. Me llevo su energía, sus proyectos, su fuerza inquebrantable y su espíritu acorazado. Me llevo su viveza y la fuerza de sus cuerpos, tan suya, tan nuestra.

Como voluntario comprendes que todo es cuestión de compartir con el otro. Compartir la ropa, la comida, las arcadas, los sueños, las historias, los miedos. Compartir el cansancio de los pies, compartir también el hambre que recorre nuestros cuerpos, la constante fuerza de la mochila que nos empuja contra la desesperanza. Compartimos la unión que nace en la batalla contra la incertidumbre. Compartimos, también, el dolor de las vías, los llantos que fueron emitidos en el lomo de un vagón, la indecisión de las rutas desconocidas, las plegarias de nuestros seres queridos que nos piensan, que nos recuerdan, que nos añoran. Compartimos la fuerza de la cruz que descansa en nuestros cuellos y el peso de las espaldas encorvadas. Compartimos el despojo que sienten los hombres sin nombre, la dolorosa acusación de ilegales, cuando sólo son carentes de un papel, de un simple documento. Desprovistos de un escrito son forzados a la huida. Compartimos los lamentos de las voces no escuchadas, el eco de todos los gritos que mueren en el silencio, las enseñanzas, los viejos desamores, los consejos, los gritos de aliento, lo que sea, no importa. Simplemente buscamos una excusa para acercarnos al otro.

Al final todo es cuestión de compartir con el otro. Sencillamente, compartir vida.

Con la novia del Sol en el corazón,
Pablo Igartua
Voluntario del albergue 2014.


lunes, 20 de octubre de 2014

Sueños, entre otras necesidades más.

          Me preguntan sobre qué es lo que he vivido en el albergue, mi respuesta es: la humanidad tan pura que puede haber dentro de una realidad tan inhumana. Aquí se es testigo de los grandes anhelos que luchan contra los sedientos monstruos del hambre, violencia, odio, incertidumbre, entre otros más. Todo resumido en lo que es una amenaza para la dignidad humana. Esos grandes anhelos se encuentran en historias, esas historias tienen nombre y apellido pero la mayoría de la gente sólo les pone un nombre: "migrante".
Todas las historias son únicas, unas buscan un bien propio y otras buscan brindarles una mejor vida para su familia como la de José Murcia, hondureño de veintiún años. Me encontraba curándole sus ampollas y heridas que tenía en las plantas de sus pies, "caminamos tres días en el monte y cruzamos pantano" me platica mientras se rascaba sus pies y tobillos llenos de ronchas. Le pregunté por qué migraba, de repente una enorme sonrisa se dibujo en su rostro acompañado de unos ojos llenos de ternura y me dijo: "Tengo a mi princesa de ocho meses en Honduras y busco darle una vida mejor". Fuerte, de corazón catracho, consciente que no la va a ver por unos años. O como la de Wildem García, joven de dieciocho años, alivianado, pero sobre todo valiente me dice: "Estoy aquí porque mi madre ya no puede trabajar, tengo tres hermanas y yo soy la única esperanza para sacarlas adelante". Wildem había caminado cinco días por la cantidad de operativos que había en el sur del país. Así Wildem pudo comer ese día, descansar bajo un techo sin la inseguridad que le hagan daño o roben mientras duerme, para que el siguiente día cargue su mochila y siga con su camino montado en ese animal de acero,  arriesgándolo todo con el fin de ayudar a su familia.

Aquí abres los ojos a una realidad cuando te encuentras cargando una pierna para que puedan curar el pie que es testigo de las toneladas de ese traicionero tren con sus ardientes ruedas de acero. O cuando estas curando una herida en la cabeza, hecha por la dureza e intolerancia de una pistola. Empiezas a ver con tus propios ojos lo que una vez leíste en las noticias, pero hay algo esencial que no te dicen aparte de que en ocasiones omiten o distorsionan lo que es la realidad. A esa parte esencial yo le llamo: "sueños". Sueños de no vivir en un infierno y estar empapados de la armonía que uno busca, "Fe” o “esperanza" de que esos sueños realmente, con esfuerzo, pueda ser su realidad y "filantropía" en la que el amor nos genera la belleza de ver al otro como un verdadero hermano en el camino.

Carlos Chapa
Voluntario del albergue 2014.

lunes, 31 de marzo de 2014

Frijoles y arroz para el corazón roto.

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Gerson Vladimir, 24 años, El Salvador.
Fotografía: Laura Leszinski, Luis Ruiz.
Son las seis de la mañana y la alarma de mi teléfono está sonando, hora de ir a trabajar. Una mañana más en Tierra Blanca, un poblado al sur de Veracruz donde el calor es casi permanente y raramente se escucha algún ruido en las calles; medio dormido salgo de bañarme y camino hacia la casa de mi jefa, Dolores, una religiosa que aunque use falda, tiene más pantalones que cualquiera. En su carro rojo nos dirigimos a nuestro trabajo en el Albergue Decanal Guadalupano, casa para miles de migrantes que cada año transitan por nuestro país en busca de un futuro más digno para ellos y sus familias. Es la mañana de un miércoles y fuera de la casa ya están unos veintitantos hermanos centroamericanos esperando su desayuno, recién bajados del tren; dentro, en los dormitorios del albergue, otros cuantos ya están despiertos después de descansar por primera vez en varias noches; es tan sólo el inicio de un día que sin duda nos traerá nuevas historias, aprendizajes, alegrías, corajes, tristezas y esperanzas. 
“¿Hay algo por lo que quisieran pedir a Dios hoy?”, les pregunto en la oración antes del desayuno. Las peticiones son similares; por su familia, por ellos, por los que se quedaron en el camino; cada uno se solidariza con la petición del otro, aquí ya no hay guatemaltecos, nicaragüenses, hondureños, salvadoreños, mexicanos, ya sólo hay soñadores, parte de un solo grupo en busca de sobrevivir para tener pan y vida. A la hora de servir el desayuno, las reacciones son varias. “¡Qué rico, arrocito y frijoles!”, dicen los más positivos; “¿No tiene más tortillas?”, piden los más hambrientos; algunos expresan “¿Arroz y frijoles otra vez?”. Pero no importa, el estómago se llena de alimento y el corazón de fuerza, y vaya que es necesaria, la situación no es nada favorecedora y aún queda más de la mitad del camino para llegar a su destino. Las inclemencias climáticas y la mala alimentación o la falta de ella los han dejado débiles, y la violencia, temerosos. Ésa, que es pan de cada día; de parte del crimen organizado que los explota y esclaviza, de las autoridades que los reprimen y maltratan, y de la sociedad que los excluye e ignora. 
Bien dicen que migrar es una triste alegría; es un viaje de esperanza lleno de desesperanzas, una búsqueda de un sueño que se va viendo cada vez más lejos, y aún así se persigue. ¿Por qué?, preguntarán muchos; la respuesta es contundente y dura, no hay de otra. Hay familias enteras que mantener, pandillas que los amenazan, entornos tan violentos que vuelven de la dignidad algo imposible.  Como en el caso de Gerson Vladimir, un joven salvadoreño con una historia que merece escucharse.  “Tuve una amenaza de muerte, de parte de unas pandillas que existen en mi país, de la Mara 18, que opera en el territorio donde yo vivo”, me lo dice bajito y temeroso, como si estuviese diciendo algo prohibido.  “Fue obligatorio que yo saliera de mi pueblo porque las pandillas están muy fuertes.” Me cuenta que su familia quedó muy entristecida por su partida y se negaban a dejarlo ir: “Nadie acepta el hecho de que tiene que salir de su país así a la fuerza”. Sin embargo, Gerson es un alma fuerte, no se quiebra, no puede, a pesar de las dificultades tiene un objetivo: vivir. “Me motiva la oportunidad de estar vivo, porque allá en donde nací arriesgo mi vida, (…) me motiva a seguir adelante poder encontrar un lugar donde rehacer mi vida”. 

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Anónimo, Guatemala.
Fotografía: Laura Leszinski.
Como la historia de Gerson, hay miles. Julián, de Honduras, atribuye su salida a la falta de trabajo; cuando lo encuentra, dice, las pandillas le cobran un impuesto de guerra; Jaime, también de Honduras, prefirió salir antes de que fuera demasiado tarde y su cuerpo ya no se lo permitiera. Hoy, ya en México, el pasado parece verse lejano, están dispuestos a hacer todo por llegar a su destino y dar vuelta atrás no es una opción, a pesar de las heridas, los ataques y la soledad, tienen que terminar el viaje. Conforme pasa el día, el albergue se va llenando de rostros; hombres y mujeres, niños y ancianos, cada uno con una historia que contar, con una voz que merece ser escuchada. Entre risas, algunas lágrimas, juegos, chistes, regaños, sudor y abrazos, transcurre la mañana hasta que llega la hora de la comida. Y es ahí cuando el equipo del albergue comienza a moverse enloquecidamente por la casa. “¡Caliéntame más tortillas!”, se oye por un lado; “¡Llegaron más! ¿Todavía tenemos comida?”, preguntan otros. 
Al centro de lo que pareciera una operación complicada, se encuentran las mágicas cocineras; y las nombro así, pues no hay otra explicación para lo que hacen. No sé si sea el amor con el que trabajan o algún ingrediente secreto, pero a la hora de la comida, un simple plato de arroz con frijoles es el manjar más delicioso; pero eso no es todo, con su magia también logran que con los recursos que hay, muchas veces limitados, todos alcancen a comer. Estas dos mujeres, Vicky y Jovita, desde su cocina escriben cartas de amor en forma de platos de comida; siempre tienen plática para quien se les acerque, sin embargo hoy que llegamos con una cámara para la entrevista, una de ellas no se puede aguantar la risa durante toda la grabación y casi todas sus respuestas son de una o dos palabras. Aún así, en lo breve de sus respuestas, dicen mucho; doña Vicky, que sigue trabajando mientras platica conmigo, me dice que le pediría a la gente “que cooperen, porque es una obra buena, porque hay muchos migrantes que vienen lastimados (…), que traen mucha hambre y el albergue cuenta con el apoyo, pero a veces nos hacen falta cosas”, también pide que ayuden con trabajo, como los voluntarios, tanto locales como foráneos.
Durante mis días en el albergue, el equipo de voluntarios y colaboradores formamos una mezcla bastante ecléctica. De edades, ideologías, credos, nacionalidades y habilidades muy diversas; sin embargo, formamos una familia pues todos teníamos algo en común: la esperanza de ser un alivio en un camino rocoso y doloroso. Nadie hubiera pensado que Laura, la sofisticada joven alemana estudiante de Ciencias Sociales, de ideas revolucionarias y agnóstica, pudiera convertirse en una de las mejores amigas de Antonieta, una religiosa guatemalteca de cincuenta y tantos años con la risa más contagiosa que he escuchado y la sonrisa más pura que existe; y sin embargo así fue. La misma Antonieta me dice: “He aprendido mucho de los voluntarios y de todos los compañeros pues son muy alegres y eso me transmite alegría y entusiasmo para seguir colaborando a nuestros hermanos migrantes”. A todos nos une algo más grande que nosotros mismos, como lo llamemos no importa, nos une Dios, el amor, ellos. 

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Migrantes haciendo fila a la hora de la comida.
Fotografía: Juan Pablo Gil.
Y como no unirse por ellos, si cada palabra, cada historia, te conmueve y te transforma. Como el caso de Johanna, una joven hondureña de 19 años; desde que comenzamos la plática con ella nos dice que se siente triste y con ganas de llorar, y sus razones son grandes. El viaje para ella ha terminado, es momento de regresar a Honduras, ese país donde ella dice “el trabajo no se encuentra”. ¿Se rindió?, no; simplemente ya no tiene dinero, y me dice que en este viaje “si uno ya no tiene dinero, ya no vale nada y lo matan”. En laspalabras suena cruel pero la realidad es aún peor, el crimen organizado se ha apropiado de las vías y ha comenzado a cobrar la infame cuota, y si no la pagan les dicen “si te subes al tren, te vamos a bajar, te vamos a violar y te vamos a matar”. Para ella, regresar es una desilusión, pareciera ser que todos los riesgos que tomó, hasta el abandonar a su familia, no valieron la pena. Sin embargo, al final de este pesado camino hay algo de luz, la única ilusión que le queda es la que la mantiene de pie: “Estoy feliz porque voy a ver a mi mamá, a mi papá, a mi hijo, a mis hermanos (…) voy a regresar a mi hogar”. 
Edwin, salvadoreño, tiene un caso parecido. Apenas está consiguiendo el dinero para pagar la cuota, con pequeños trabajos mal pagados que consigue con la gente del pueblo y la esperanza de que su madre, que lo dejó de niño y que ahora vive en Estados Unidos le mande un poco de dólares para continuar. Sus ánimos están bajos, acaba de ver como tiran a un compañero suyo del tren, y en el fatal hecho ve un reflejo de su futuro, pero no puede retroceder, tiene siete hermanos, todos huérfanos. Su padre, que en sus propias palabras, les enseñó “a andar en cosas buenas”, ya murió y ni él ni sus hermanos tenían nada de dinero para subsistir. Por ellos, por él mismo y por hacerle honor a su padre, va a continuar hasta llegar y poder trabajar, donde sea y como sea; su madre, con su nuevo esposo, trabaja en un restaurante y espera que le pueda encontrar algún empleo, de no ser posible buscará hasta hallar uno, pero no dejará que sus hermanos crezcan con tantas carencias como él, a su forma de ver las cosas, no puede defraudarlos. 
La familia, muchas veces es la única motivación que una persona tiene para seguir en un camino tan difícil. Así como Edwin lo hace por sus hermanos, Kevin, un hombre también salvadoreño, lo hace por su esposa y sus hijos; esa tarde, en cuanto me acerqué a él y le pregunté como estaba, comenzó a llorar desconsoladamente. Entre llanto, logró contarme algo de su historia, su esposa acababa de hablarle apenas unos minutos antes para decirle que los marasquerían matar a sus hijos y a ella; habían llegado a balear su casa, pues no habían podido pagar la cuota que las pandillas salvadoreñas cobran por vivir en su territorio; afortunadamente, su familia había podido escapar. “Si no sigo, me los van a matar”, me decía con lágrimas en sus ojos, “tengo que seguir para conseguir el dinero, o los pierdo.” Entre el llanto y las llamadas telefónicas de Kevin, no tuve mucha oportunidad de seguir platicando con él, sin embargo su historia no la dejo de pensar hasta la fecha.

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Edwin, 18 años, El Salvador.
Fotografía: Laura Leszinski, Luis Ruiz.
El día oscurece y muchos van saliendo de la casa para continuar su camino, otros se quedan para descansar toda la noche. Llega la hora de la cena, son menos que en la comida así que el ritmo no se acelera tanto; igualmente buscamos darles lo mejor, de lo que tenemos, de nosotros mismos; y eso lo aprendimos de Dolores, la cabeza y el corazón del albergue, la directora. Una persona verdaderamente fuerte y amorosa a la vez, alguien que vive su fe plenamente. Pocas veces he visto a alguien trabajar tanto y tan apasionadamente, ella está ahí porque cree en lo que hace y nadie lo podría hacer mejor. No le da a la gente por su lado, al contrario, los enseña a ser responsables y cuidar de sus cosas; a tratar a todos por igual, en el albergue no importa tu nacionalidad, tu género, tu religión, tu orientación sexual, aquí todos somos migrantes en busca de un sueño. En palabras de José, un hermano salvadoreño: “Todos somos seres humanos, todos tenemos derechos, no solamente por no tener documentos y estar ilegalmente en otro país no los tenemos, a los ojos de Dios todos somos iguales”.
Con la noche llega el fin de un día más en esta casa de soñadores, al siguiente día, probablemente lleguen decenas de nuevas historias que escuchar y corazones fuertes en busca de descanso y un plato de comida. Esa fue mi vida durante un semestre en Tierra Blanca, lugar donde, así como ellos, busqué un sueño y lo encontré; conocí a las mejores personas, mis compañeros voluntarios que se convirtieron en mis mejores amigos, gente con el corazón lleno de amor; conocí también mi nueva vida. Y Ahora sé que en el camino todos somos migrantes, vamos de paso esquivando los obstáculos y luchando por llegar al objetivo soñado; claro está, así como Gerson, Johanna, Jaime, José, Julián, Kevin y otros cientos de nombres que marcaron mi vida, encontraron dificultades en su camino, cada uno tendremos momentos donde sentiremos que ya no podemos seguir, pero estoy seguro que con mucha fe, amor y un buen plato de frijoles con arroz, no hay corazón roto que no se pueda reparar.
A Beto, Sol, Dolores, Antonieta, Laura, Jenni, Jessy, Juan Pablo Silva, Juan Pablo Gil, Lupita, Alma, Doña Vicky, Doña Jovita, Rafa, Héctor, Eli y todos los ángeles que tocaron mi alma en mi paso por Tierra Blanca. Gracias a ustedes soy quien soy.
Luis Ruiz Voluntario del Albergue 2013

domingo, 9 de marzo de 2014

UNA HISTORIA MAS QUE TOCA NUESTRA PUERTA

Con gusto les escribo este relato sobre un amigo migrante al que tuve la oportunidad de conocer aquí en el albergue.

Jordi*[1]  llegó al albergue gracias  a que una persona que se presentó de manera anónima, lo encontró en las vías y decidió pagar el taxi y  traerlo al Albergue, nos explicó que lo encontró herido en las vías. Alguien que vivió la solidaridad, la hospitalidad y el compromiso, de manera anónima y servicial.

Jordi, sufrió un accidente en un momento de distracción en el tren;  su pie se atoró “en la muela” del tren,  unión entre vagones,  le alcanzó a aplastar la punta del pie izquierdo; las heridas  en cada dedo fueron muy  aparatosas a la vista, aunque gracias a Dios no afectaron tanto su salud.  Le cortó sin amputar, todos los dedos del pie izquierdo y requería atención médica inmediata. Del Albergue lo trasladamos al Hospital Regional, en dónde lo atendieron con prontitud. Regresó después de algunas horas, sin poder apoyar el pie para caminar.

La realidad del albergue no nos permite dar más de una noche de estancia a los migrantes, sin embargo en este caso decidimos apoyar a Jordi y darle el tiempo necesario para una óptima recuperación. Nos encargamos de llevar diariamente a Jordi al hospital para que le hicieran la curación, cuidando mucho los riesgos de infección; cuando no nos fue posible le hacíamos la curación aquí mismo en el Albergue, dos o tres veces al día.

Su presencia entre nosotros me dejó huella, Jordi era muy optimista y positivo, a pesar de lo que le sucedió,  a pesar de no poder salir y no saber cuándo podría continuar su camino, su deseo más grande era seguir su sueño, avanzar, lograr su objetivo hacia el norte.
No se quejaba, aceptaba las molestias y dolores de la curación, aceptaba el aburrimiento y no poder hacer todo solo. Muchas veces nos ayudó a mantener un cierto orden con los compañeros en el Albergue y cuando pudo apoyar el pie empezó a ayudar a hacer limpieza, a calmar a los compañeros y organizar las comidas. Procuró aprender a hacer su propia curación, a conocer la medicina que mejoraba su cicatrización y era muy agradecido.

Se convirtió en un  buen amigo del  equipo, una persona más que pasa por el Albergue pero que nos deja la huella de una historia única y su gran deseo de hacer algo mejor en su vida;  había  sido deportado dos veces anteriormente y seguía buscando medios para mejorar su situación y la de su familia, para salir adelante y ofrecer un mejor futuro a sus hijos. 

Presencias como la de Jordi, animan nuestro servicio en el Albergue, es una sola historia, pero como la de él son muchas más que se mezclan cada día con nuestras historias personales y nos interpelan. ¿Cómo vivo yo las dificultades que se me presentan? ¿Soy optimista y positivo? ¿Cómo colaboro con otros anónimamente con solidaridad, hospitalidad y compromiso?




[1] *Nombre cambiado para proteger su identidad.

Alfonso Pedroza

voluntario del albergue 2014

lunes, 17 de febrero de 2014

REPORTE ANUAL DEL 2013 SOBRE EL PASO DE MIGRANTES POR NUESTRO ALBERGUE

Con gusto les compartimos estos datos anuales sobre los migrantes en nuestro albergue. El reporte anual nos muestra el total de comidas que se les brindo a los migrantes, el total de personas que ingresaron al albergue y sus nacionalidades.

ALBERGUE DECANAL GUADALUPANO

REPORTE ANUAL (ENERO A DICIEMBRE 2013)

 

2013
Albergue
Sexo
Edad
Comidas
Entradas
Estancias nocturnas
Hombres
Mujeres
Mayores 18
Menores 18
Enero
2879
0
0
0
0
0
0
Febrero
2542
198
0
182
16
184
14
Marzo
3591
820
79
756
64
780
40
Abril
2662
671
81
633
38
628
43
Mayo
3149
815
157
752
63
766
49
Junio
2390
479
125
455
24
454
25
Julio
2295
712
135
666
46
665
47
Agosto
1954
573
136
545
28
529
44
Septiembre
1849
538
224
508
30
516
22
Octubre
2051
567
209
537
30
524
43
Noviembre
1446
453
150
420
33
417
36
Diciembre
1005
317
132
292
25
282
35
Totales
27813
6143
1428
5746
397
5745
398
Porcentaje
100%
22%
94%
6%
94%
6%

 
2013
Nacionalidades
Honduras
El Salvador
Guatemala
Nicaragua
México
Otros
Enero
0
0
0
0
0
0
Febrero
122
44
25
4
2
1
Marzo
541
155
97
16
10
1
Abril
407
142
93
20
8
1
Mayo
494
169
107
23
15
7
Junio
288
90
79
13
8
1
Julio
489
94
82
25
20
2
Agosto
338
116
97
10
5
7
Septiembre
326
112
75
12
5
8
Octubre
317
132
101
9
7
1
Noviembre
Diciembre
223
171
127
72
80
53
11
10
12
9
0
2
Totales
3716
1253
889
153
101
31
Porcentaje
61%
20%
14%
2%
1.6%
0.5%
 
 
Lo mas preocupante de estos datos es la cantidad de menores de edad que viajan por nuestro país y que ciertamente algunos viajan solos. La mayoría de los migrantes son de nacionalidad Hondureña lo cual refleja el difícil momento vivido en este país centroamericano, el resto de los migrantes pertenecen al resto de los países centroamericanos (Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Belice, México).
 
Alfonso Pedroza
 
voluntario en el albergue 2014